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Una ecología de los signos recoge siete ensayos dedicados a interrogar las relaciones entre las configuraciones de los modos de experiencia (artística, vital, corporal) y los modos en los que podemos captar su diferenciación y sus declinaciones. Apoyados por la tradicción que convoca Deleuze, y del lado de nombres como los de Simondon, Guattari o Ruyer, entre otros. Sauvagnargues pareciera construir un trayecto que atraviesa campos, ejes temáticos y problemas, para advertir distintos mundos que coexisten y que son como burbujas de signos que llaman a detenerse sobre ellos y que, forzando a pensar, nos abren de par en par a una comunicación experimental donde se individua lo que somos o llegamos a ser. -
Una ecología de los signos recoge siete ensayos dedicados a interrogar las relaciones entre las configuraciones de los modos de experiencia (artística, vital, corporal) y los modos en los que podemos captar su diferenciación y sus declinaciones. Apoyados por la tradicción que convoca Deleuze, y del lado de nombres como los de Simondon, Guattari o Ruyer, entre otros. Sauvagnargues pareciera construir un trayecto que atraviesa campos, ejes temáticos y problemas, para advertir distintos mundos que coexisten y que son como burbujas de signos que llaman a detenerse sobre ellos y que, forzando a pensar, nos abren de par en par a una comunicación experimental donde se individua lo que somos o llegamos a ser. El punto de partida es la influencia motriz que adquiere el arte en la filosofía deleuziana. Desde la publicación en 1964 de un primer ensayo sobre Proust, donde Deleuze empieza a explorar la literatura, hasta su interés posterior en las artes no discursivas como la pintura, la música o el cine, el filósofo francés traza una trayectoria que se desplaza, así, desde el lenguaje hacia la materia de la percepción y hacia las imágenes y signos de distintas naturalezas. -
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En Universales. Feminismo, deconstrucción, traducción, Étienne Balibar problematiza la noción de universal, clarificando los debates sobre el sentido y el valor del universalismo. Esta noción, discutida calurosamente hoy en día (podríamos hablar de una “querella del universalismo” como antes, a propósito del humanismo) no podría ser unívoca, debe ser pluralizada, o más bien diferenciada, por dos razones cuyo conjunto produce una dialéctica sin fin establecido: por una parte, toda enunciación del universal (por ejemplo, los “derechos del hombre”) está situada en un marco geográfico e histórico (que podemos llamar: una civilización) que la afecta en su forma y contenido; por otra parte, la enunciación de lo universal no es tanto un factor de unificación de los seres humanos, como de conflicto entre ellos y con ellos mismos. La traducción fue realizada por Jacques Lezra, Iván Trujillo y Francisca Gómez, quienes además contribuyeron con los posfacios a la obra. -
Los artículos que se reúnen en este volumen tratan la problemática de la violencia estructural en el tratamiento de humanos y animales. La idea de que nos podemos apropiar de otras formas de vida supone un modo de consideración de lo humano desde la subjetividad moderna, y el modelo propietario soberano del existente humano, con derecho de vida y de muerte sobre todo lo que es. Desplazado ese derecho sobre la vida de otro existente humano al gobernante en la constitución de la sociedad civil, el propietario se sigue arrogando el derecho sobre la vida de aquellas formas de vida que considera inferiores (mujeres, niños, animales) y naturalizando que esas vidas son pensables en términos de capital. Frente a las vidas apropiadas de forma natural, sentimos, presentimos, sabemos que la vida (de los otros) es inapropiable, extraña, respetable en su vulnerabilidad y fragilidad. -
Este libro ofrece una lectura a contrapelo de la filosofía kantiana que desemboca en una propuesta lúcida, fresca y renovada de su pensamiento político. Para llevar a cabo esta tarea, Macarena Marey toma distancia de las interpretaciones liberales o individualistas sobre Kant (presente en autores como Rawls o Habermas) y pone en el centro de la escena el talante republicano de su concepción de la sociedad. En esa clave, Marey atiende al rol que juega la soberanía popular, el papel de lo colectivo, el problema de la propiedad y la posesión común de la Tierra en la configuración de una filosofía política que, en palabras de la misma autora, nos permite descubrir un Kant “soberanista-popularista que se encaminó en la senda de la teoría crítica”. Marey construye, por tanto, de manera muy precisa y generosa “nuevos sentidos” alrededor del pensamiento político de Kant, y lo hace sabiendo que solamente tendiendo puentes entre la modernidad y nuestro presente es como vamos a encontrar las claves para imaginar la comunidad de los iguales que exigen estos tiempos de despojo generalizado de la naturaleza y de colapso precipitado del neoliberalismo mundial. Luciana Cadahia