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Las nociones de “humano” y de “sujeto” con las que operan las “humanidades” están en cuestión y crisis desde hace mucho tiempo. No solo la idea de la muerte de Dios, es decir, de todo principio arkhico fundacional, incluido el sujeto, ha puesto en jaque a la filosofía desde la segunda mitad del siglo XIX, sino que con el avance de la revolución industrial un fantasma comenzó a asediar a las humanidades, el fantasma de lo maquínico. Si consideramos que la noción de “humano” se gesta básicamente a partir de la exclusión, diferencia, límite con lo animal, podríamos señalar que, en la época de lo posthumano, reaparecen y nos revisitan los fantasmas de la máquina y de lo animal. -
Cuando el siglo pasado tocaba a su fin y se aguardaba la llegada de un nuevo milenio, Jacques Derrida denunciaba que un acto de denegación estaba en curso: aquel que pretendía neutralizar la necesidad espectral. Este brillante libro de Gabi Balcarce surge de la exigencia crítica, es decir, también deconstructiva y responsable, de pensar la espectralidad junto a la hospitalidad en una coyuntura histórica que ya no es la de Derrida sino la de un milenio que apuesta por un posthumanismo para la filosofía y la política del ser-con-otrxs. Dos desafíos que se presentan, entonces, en una convergencia. Por un lado, estudiar la espectralidad, distinta del tradicional Espíritu reivindicado por la tradición metafísica, en la obra de Derrida, significa cuestionar todos los naturalismos y dar lugar a la plasticidad de un concepto que permite desmontar la primacía de lo humano. -
¿Qué sucede con el pensar cuando se ha puesto a la naturaleza al borde del colapso y la sociedad se halla en el abismo de la desigualdad? El pensamiento crítico es interpelado ¿Cesó su potencia, esa capacidad de intervenir, de hacer venir lo que remedia? Aparece, subsiste como débil potencia entre los débiles, perdura bajo el peso de la facticidad, con frustraciones sin cicatrizar. Aun así, en esta atmósfera tóxica, busca aire fresco, alienta la búsqueda. Mientras todo prosigue hacia lo peor. Al parecer, no hay crítica capaz de torcer esa dirección. Se ratifica la devastación. Hasta los mandatos se ratifican. Has de cambiar la vida. Has de transformar al mundo. Pero la vida se encuentra dañada. Y la naturaleza arde. -
Traducir es caminar sobre una cuerda floja, apostar a la posibilidad de mantenerse en pie, y hasta con cierta elegancia, cuando todo nos empuja hacia uno u otro lado de la cuerda. Esa cuerda es la frontera imaginaria que, sin remedio, tenemos que suponer como línea divisoria entre las lenguas. De hecho, tal frontera no existe. Las lenguas suenan, resuenan, están en el aire en cuanto soporte de las voces humanas. Por más que pasen al escrito y se vuelvan objetos de lectura, su naturaleza primera no se pierde: al estar en el aire, se cruzan y superponen y entremezclan sin la más mínima prudencia. Pues esas voces hablan incontables lenguas distintas. -
El ensayo de Oscar del Barco, “¿Era Lenin un perverso?” (1980) es el texto más escandoloso para la izquierda tradicional y conservadora que pueda haberse atrevido a publicar un filósofo latinoamericano contra Lenin. Del Barco es uno de los principales filósofos de América Latina. Su extraordinaria eficacia reconstruye la historia y el pensamiento del líder bolchevique para abandonar el programa ilustrado y de desarrollismo tecnológico que dio nacimiento a la URSS. Este libro busca contextualizar la crítica «heideggeriana» o crítica-destructiva contra Lenin en la década de 1980. -
Leer a Freud supone una operación que no deja por fuera a quien realiza esa acción. Nadie puede leerlo con una objetividad tan extrema como para poder decir qué está bien o qué está mal en su obra. A menos que quiera dejar de llamarse psicoanalista. En este libro vamos a encontrar una lectura, que los autores llevaron adelante a partir de problemas específicos de la práctica del psicoanálisis. El modo en que conversan con los textos en busca de detalles, de lo que está entre líneas, de la relación implícita, es apasionante. Un psicoanalista es un lector de la letra, jamás un lector literal. Este es un libro freudiano, que no se contenta con citar a Freud. -
La unidad de este libro está dada por el hecho de que cada capítulo es el germen de un libro en sí. Son gérmenes desplegados en una forma coral que discuten, precisamente, la idea de unidad que supo ser costumbre en los diversos productos de la industria cultural del siglo XX hasta que llegaron las actuales plataformas de streaming. -
Cuatro escenas compones este libro, todas ellas consagradas a Wagner. Las dos primeras (Baudelaire, Mallarmé), tienen lugar en una secuencia histórica enmarcada por la guerra del 70 y la Comuna, donde se anuncia —y se prefigura— el desencadenamiento mundial de las naciones y de las clases. Las otras dos (Heidegger, Adorno), en el siglo veinte, se dan mientras ciertos efectos del wagnerismo, que no son solo ideológicos, se hacen sentir y cuando la confusión de lo “nacional” y de lo “social” parece solidificarse en una configuración política monstruosamente inédita. En los dos casos, el arte y la política actúan en conjunto, pero no bajo la forma de una política del arte, ni mucho menos bajo aquella de un arte de la política. Se trata, con mayor seriedad, de la estetización —de la figuración— de lo político. Estas cuatro escenas enmarcan y contribuyen tal vez a comprender la “verdadera escena”, ese acontecimiento filosófico sin duda importante: aquella que sanciona la ruptura de Nietzsche con Wagner. -
Los griegos, que habían reconocido muy temprano la prioridad de la metamorfosis sobre el ser, dieron a la inteligencia el nombre de metis antes de llamarla logos, atribuyendo a la astucia preeminencia sobre la razón. Metis tiene por emblemas al pulpo y al zorro, y presenta cuatro rasgos característicos: la capacidad de volver el juego del enemigo contra este mismo, de esperar el momento oportuno, de desplegar múltiples giros, de ocultarse detrás de las máscaras. Todos esos rasgos se relacionan con el poder de la metamorfosis. En la época moderna, la inteligencia conserva una parte esencial de ese poder, y constituye definitivamente la parte metamórfica, estratégica de lo viviente, lo que hace imposible su domesticación ontológica. -
La posibilidad de anudar máquina y archivo a través del acopio de imágenes no es algo inverosímil, menos aún si ello se encuentra bajo un pensamiento de la destrucción y el documento, de la barbarie y la cultura. La tradición maquínica se vuelve aún más pertinente si anudamos el medium, que es el origen de la máquina o el motor que le da su energía, con el futuro del arkhé, que busca el domicilio y la preservación del saber en el archivo. De ahí que el afán destructivo ingrese en aquella paradoja que junto con proveer conocimiento arrasa también con su preservación: la máquina es aquí la energía que moviliza toda acción, la potencia, acaso la dinámica del torrente en el sentido clásico, que hace del archivo un fin, un lugar donde llegar para asegurar el saber, a la vez que un espacio político que es necesario devastar; en ello consiste pues toda batalla cultural. -
“Escrito a poco menos de un año de su suicidio, Manual de supervivencia es una obra clave en el trabajo teórico de Giorgio Cesarano. Desde los años 1970, el autor milanés observa que la expansión del capitalismo sobre la totalidad del planeta exige actualizar el pensamiento. Tanto el mundo como las subjetividades a partir de ahora se han vuelto ficticias. Se redefinen los términos del conflicto; no ya “socialismo o barbarie” sino “comunismo o destrucción de la especie humana”. -
Publicado por primera vez en diciembre de 1962 en la revista Esprit e incluido posteriormente en Pour Marx (1965), el ensayo “El ‘Piccolo’, Bertolazzi y Brecht. (Notas sobre un teatro materialista)”, permanecerá relativamente ignorado entre los comentadores y críticos del trabajo de Louis Althusser. Con ocasión de la redacción de un prólogo a la reedición francesa de Pour Marx en 1996, Étienne Balibar afirma que este ensayo constituye el “verdadero centro geométrico y teórico de todo el libro”. Haciendo eco de tal afirmación, junto a los dos textos que Althusser consagra al teatro: “El ‘Piccolo’, Bertolazzi y Brecht” y “Sobre Brecht y Marx” (1968),