¿Qué diría Francesca?
Por Valeria Fliman
No he podido dejar de dialogar con Francesca.
Su escrito atrapa, interesa, conduce a buscar sus referencias, revisitar sus lecturas. Hay algo en su escrito que inquieta, moviliza, enciende el deseo de leer.
Francesca fue una figura formadora, importante y trascendental para muchos de quienes tuvimos la oportunidad de aprender con ella. Cuando la conocí, viví una experiencia inédita: su transmisión ofrecía un lugar completamente distinto al de la Universidad. Albergaba sabiduría de procedencias diversas —filosofía, literatura, psicoanálisis y política— tal como puede apreciarse en los textos que este libro recoge: esa era su manera de habitar y aproximarse, siempre enigmática.
Invitaba a cruzar fronteras, ampliar el horizonte. Las supervisiones de casos convocaban el examen de la genealogía, la transmisión transgeneracional, los mitos como agentes de simbolización de problemáticas elementales que atraviesan la existencia: la diferencia sexual, la vida y la muerte. Le apasionaba el más allá del principio de placer, la compulsión a la repetición, los trayectos y goces que la vida traza en el rodeo a la muerte.
Desobediente al capitalismo. No usaba computador ni correo electrónico, menos celular, no manejaba. Había en ese modo de plantearse algo que hoy, mirando atrás, puede llamarse una posición ética: la de quien sabe que la circulación del inconsciente pasa por el cuerpo y la presencia.
Interrogaba en acto. Su poder estaba en abrir preguntas, usaba el humor como intervención. Trabajaba en los bordes: entre el psicoanálisis y la filosofía, entre la clínica y el teatro, entre la palabra y el silencio.
Fue la primera psicoanalista en Chile en instalar desde el psicoanálisis una lectura política del lugar de la mujer y su padecer, hizo de la concepción del cuerpo como sustancia de goce una práctica subversiva interrogando los modos de aproximarse al sufrimiento femenino y lo materno.
El estilo de Francesca era exigente: había que interrogarse, elaborar, hacerse cargo de lo que sucedía en cada encuentro clínico. Como señala Alfredo Castro en el prefacio —y me parece que es algo que conviene tener presente a lo largo de todo el libro—, se trata más de lo Real que de la realidad, se trata de la verdad de la realidad psíquica, ese escenario íntimo de fijaciones fantasmáticas que organizan, sin que lo sepamos, nuestra modalidad de satisfacción.
- La estructura del libro
Fui y volví en la lectura varias veces, intentando leer entre líneas más allá del contenido. ¿A dónde se dirige, a quién le habla?
La estructura del libro es obra del editor y sigue un tiempo lógico más que cronológico. Abre con los primeros textos de Francesca —su tesis de pregrado, apuntes de clases, reflexiones sobre el mito y la palabra— y los dispone como un marco que va cerrando y acercando hasta llegar a su núcleo: la memoria doctoral sobre la mitomanía.
Ese texto central es el lugar de convergencia de hilos con los que Francesca despliega su pensamiento original. El mito como agente de simbolización, el rol de lo sexual en la constitución psíquica, la pulsión —y Thanatos operando en silencio— son los pilares que permiten leer la mitomanía no como un capítulo de la psicopatología sino como una forma de respuesta a una falla estructural en la constitución del sujeto. El libro se lee en un movimiento de retorno dejándose conducir hacia su pregunta. Vale la pena detenerse en la figura del industrioso caballero y los antecedentes psicoanalíticos que Francesca va a retomar y a leer de otra manera.
- Antecedentes del industrioso Caballero de Thanatos
El caballero de industria
Llega bien vestido. Habla con soltura de negocios que no existen, presenta cartas de recomendación de personas que jamás las firmaron, obtiene crédito que no devolverá. Seduce, promete, desaparece. Y en la ciudad siguiente, empieza de nuevo con otro nombre.
El «chevalier d’industrie» es una figura del siglo XVIII francés: un hombre que vive no del trabajo ni de una fortuna heredada, sino del arte de aparentar tenerla. No es exactamente un estafador. Es algo más inquietante: alguien para quien la identidad es un traje prestado, y el nombre propio, un obstáculo.
Los casos psicoanalíticos
Antes de desarrollar su propia nota clínica, Francesca nombra dos casos ejemplares, uno de Karl Abraham y otro de Hélène Deutsch, señalando que con ellos se puede asistir a la dificultad del abordaje y al dibujo de un trayecto que va desde la morbilidad a la estabilización. El caso de Abraham está publicado en español en Escritos sobre psicoanálisis y psiquiatría, titulado «La historia de un impostor a la luz del conocimiento psicoanalítico».
Se trata del caso de un hombre que ha cumplido varias sentencias de prisión; en el inicio del relato esboza un circuito que se repite: sabe ganar la confianza de compañeros y autoridades a través de la simpatía y el encanto para después traicionar esa confianza. Junto a esto llama la atención que no tiene aptitud para eludir la ley, es decir, se deja atrapar; su astucia vuelve cuando está preso.
El paciente tiene la necesidad de adoptar identidades que no le pertenecen, «se hace pasar por». Se presenta con nombres falsos, se inventa filiaciones, usurpa títulos —historiador del arte, lugarteniente, oficial de alto rango—. Tiene la necesidad de fingir ser «hijo de otro», de llevar un nombre que no es el suyo.
La hipótesis de Abraham se centra en la configuración del narcisismo infantil y su lugar en el deseo de los padres. Siendo niño, escuchó a su madre decir que no lo había deseado; «desprecia a sus padres como sus padres lo despreciaron a él», se hace amar por otros; sin embargo, al lograrlo debe decepcionar mostrando que no es merecedor de dicha estimación.
La resolución del caso sorprende: deja de delinquir al casarse con una mujer mayor, viuda, a quien desde el inicio llamó «mamita». La figura materna sustituta neutraliza el circuito que ningún sistema penal había podido interrumpir.
En el caso de Hélène Deutsch: «El impostor: contribución a la psicología del yo de un tipo de psicopatía»
El paciente, Jimmy se inventa roles y escenarios donde debe tener el papel principal —granjero, escritor, inventor, productor de cine— lo hace en búsqueda de una identidad que haga justicia a la concepción que tiene de sí mismo.
Llama la atención que el paciente solo puede trabajar bajo el nombre de otro, nombres otros que deben estar situados en su ideal. Hay una frase transferencial preciosa en que el paciente le dice a la psicoanalista: «¿Quién soy yo, puede usted decirme eso?»
Francesca recogerá estos hilos y tomará algunos elementos del caso —el cambio de nombre, la identidad usurpada— y los desarrollará desde el psicoanálisis aludiendo a una falla en la inscripción simbólica; apuntará al elemento estructural del problema.
Es en ese desplazamiento donde empieza lo más original de su trabajo.
- Desarrollo conceptual y nosográfico
El recorrido etimológico: mythos y manía
Comienza por la etimología, mostrando que la lengua ya sabía lo que la psiquiatría tardó en nombrar.
Mythos en griego designa la palabra expresada, formulación arcaica de un universo cercano a los afectos indiferenciados. A partir de los siglos VIII al IV a.C., la escisión entre mythos y logos convierte al mito en desviación, exceso y locura: la palabra de las mujeres, los esclavos y los niños.
Manía es en Platón perturbación por exceso: pérdida de la symmetría. Cuando Dupré acuña el término «mitomanía» en 1905, funde dos conceptos que durante siglos habían sido gemelos.
La operación etimológica de Francesca señala que la mitomanía lleva inscrita en su nombre la doble filiación que la hace tan difícil de diagnosticar: la palabra excesiva (mythos) y el estado de exaltación fuera de norma (manía). La lengua sabe lo que hace.
El recorrido nosográfico evidencia la dificultad estructural de encuadrar la mitomanía: el concepto parasita tanto la histeria como la paranoia y la psicopatía, sin pertenecer completamente a ninguna. Lo que subyace a todas esas clasificaciones, y que Francesca va a nombrar de manera propia, es una falla en la identificación: algo en la inscripción del nombre y la ley no pudo completarse, dejando al sujeto sin un lugar estable desde el cual afirmarse.
La relación con la histeria es constitutiva. Si el histérico dice «toda la imagen, nada más que la imagen», el mitómano dice «toda la palabra, nada más que la palabra»: una palabra sobresignificada, vaciada por el exceso mismo. Pero Francesca no se detiene en la nosografía.
La articulación con Thanatos
La originalidad de Francesca es inscribir la mitomanía bajo el signo de Thanatos: la pulsión de muerte es una fuerza que trabaja de manera industriosa, incansable, disfrazada.
No trata la mitomanía como un trastorno de la imaginación —la lectura psiquiátrica clásica— sino como una forma específica en que la pulsión de muerte se disfraza de producción narrativa. El corsario no destruye: fabula. Pero el efecto sobre el lazo social es el mismo. Esto es posible, porque Thanatos y Eros no sostienen una guerra abierta sino una disimulación: Thanatos opera bajo la máscara de Eros, disfrazado de vida, de relato, de seducción. Por eso el mitómano no parece destruir nada: produce, encanta, promete. Y sin embargo algo se arruina siempre a su paso.
«De allí, tal vez, este interés por los ‘cuentistas’, no precisamente los narradores que el folklore incluye en sus filas, sino los otros, esos que integran más bien la industriosa caballería de Thanatos; caballeros medio locos, en torneos permanentes, nunca victoriosos, sin embargo, siempre combatientes; combatiendo a muerte.» (Lombardo, 2026, p. 75)
Historia de nn: la nota clínica de Francesca
«NN», abreviatura de la expresión latina nomen nescio, que significa «nombre desconocido», se utiliza para referirse a una persona sin nombre, desconocida o no identificada. Con el gesto de llamarlo nn la autora hace un ejercicio de lectura: este sujeto es, antes que nada, alguien que no pudo habitar su nombre.
nn es el menor de tres hermanos, de familia acomodada, con historia política por ambos lados. Extraordinariamente simpático, capaz de seducir a cualquiera, de inventar neologismos, de cambiar el género de las palabras como si el lenguaje fuera un disfraz más. Pasó por Derecho, Ciencias Políticas y la Academia Diplomática sin terminar nada. Se casó. Duró poco. Empleos que no superan el año. Deudas, promesas incumplidas, tráficos varios. Cada nuevo comienzo parece el definitivo. En el plazo de uno a tres años, todo queda minado y debe abandonar la escena antes de la catástrofe. Luego reaparece en otro lugar, con otra historia.
La escena de la cerradura. NN relata una escena primitiva: vio a sus padres teniendo sexo a través del agujero de la cerradura. Lo describe con una precisión cinematográfica: posición, detalle, encuadre perfecto. Francesca no interpreta el contenido. Lee la forma, sin falla: nadie ve una escena completa por el agujero de una cerradura. Lo que se ve son fragmentos, bordes, imprecisiones. La perfección del relato lo traiciona. Un recuerdo real tiene fisuras. Lo que no tiene fisuras es el fantasma.
El matrimonio ofrece otra escena. Para el acto civil, NN arrienda un traje que le queda notoriamente chico —una talla menos de la que necesita. Para la ceremonia religiosa, manda confeccionar un lujoso traje de terciopelo negro. El disfraz para lo civil, la pompa para el rito. Dos economías del nombre: la identidad social, el pacto civil con ropa prestada que no cierra; la identidad simbólica, el pacto religioso como teatro.
Los documentos completan el cuadro. NN colecciona fotografías, cédulas de identidad, pasaportes de personas a las que ha convencido de asociarse con él. Los guarda como botín. No los usa para suplantar a nadie en particular: los acumula, como si tener muchas identidades ajenas pudiera compensar la propia que no termina de cuajar.
Y el amor?. NN dice que lo más importante en el mundo es el amor, y su modelo, es la versión fílmica de Romeo y Julieta de Zeffirelli, que ha visto más de veinte veces. Lo que le conmueve no es el amor sino su imposibilidad. Su ideal es el amor gemelar: «como dos hermanos gemelos en el vientre materno». Un amor sin diferencia, sin separación, sin nombre propio.
Cada escena es una variación del mismo problema. La cerradura, el traje, los documentos, el amor gemelar, la errancia por la ciudad borrando sus huellas, dando direcciones falsas, dejando siempre un rastro de duda —todo remite a lo mismo: un sujeto que no puede fijarse en ningún lugar porque no tiene un nombre que lo sostenga ahí. Quizás ha rechazado su nombre.
«Los mitómanos no son amnésicos, pero no tienen historia, como si el sujeto naciera y muriera con cada pequeña historia contada y fallida.» (Lombardo, 2026, p. 122)
Lo que Abraham llamó circuito compulsivo, y Deutsch llamó yo sin yo, Francesca lo lee como falla en la inscripción simbólica: el Nombre-del-Padre quedó mal impreso, incompleto. La operación de identificación no pudo producirse del todo. Y sin esa inscripción, el sujeto no puede habitar ningún nombre: ni el propio, ni el del padre, ni el de ninguno de los personajes que construye.
Deambula por Derecho, Ciencias Políticas, la Academia Diplomática. Acumula pasaportes ajenos. El traje le queda chico.
El histérico hace metáfora de su cuerpo. El paranoico construye su metáfora supletoria delirante. El mitómano intenta hacer metáfora con su discurso narrativo. Donde no hay metáfora constituida, hay personaje. Y NN tiene muchos personajes, pero ningún nombre propio.
- ¿Qué diría Francesca?
Vuelvo a la pregunta con la que abrí esta presentación. ¿Qué diría Francesca ante este libro, ante ustedes, hoy?
Quizás no hablaría del libro. Lanzaría una pregunta. Habitaría el silencio. Así procedía: no resolvía el enigma, lo sostenía para poner en movimiento, para hacer trabajar.
Ese industrioso caballero de Thanatos que ella describe —ese que fabula sin descanso, que seduce y traiciona, que nunca termina de ser nadie— no es una figura clínica alejada. Es una figura que el psicoanálisis reconoce en los pliegues de cualquier historia: el que promete y no cumple, el que cambia de versión según quién escucha, el que necesita ser otro para poder existir. Francesca no lo trata como un caso sino como una pregunta sobre un padecer actual. Y esa pregunta sigue abierta.
Este libro es el testimonio escrito de alguien que trabajó en los bordes y dejó preguntas donde otros dejan respuestas. Leerlo es, en cierta medida, continuar el diálogo que ella inició. Y tal vez eso sea lo más fiel que podemos hacer con su obra: no cerrarla, sino dejarla trabajar.