Las Medusas

Coordenadas para re velar el horror

por Mariela Malhue Moreno

Medusa: la única mortal de sus hermanas, las Górgonas, de belleza como ninguna, alojada particularmente en sus cabellos. Perseo: enviado a matar a Medusa por orden de Atenea, que tiempo antes, había convertido sus cabellos en un tropel de serpientes por haber sido violada por Poseidón en su templo. La mata mientras ella duerme, cortándole la cabeza. Del cuello de la Medusa brotan dos seres: Pegaso, un caballo alado, y Crisaor, un monstruo. Perseo recogió la sangre que brotaba de la herida. De la vena izquierda, un veneno mortal y de la derecha, un remedio capaz de resucitar a los muertos. Se ha escrito también, que, de la boca de cada una de las serpientes de esa cabeza, se emitía un grito de dolor.

Todo este relato es descrito, ampliado, y puesto a jugar en diferentes escenas a lo largo del libro de Silvia mediante pequeños acercamientos, eslabones que a momentos construyen cadenas y en otros o casi siempre, red. Una operación de citas participantes en constante reapertura.

Las Medusas comienzan a delinearse en la construcción de Schwarzbock desde la monstruosidad en Lovecraft, donde la autora inaugura la delimitación entre los terrores sublimes, platónicos, frente a otros terrores, sin arquetipo, antiplatónicos, los cuales no encarnan ideas irrepresentables. Posteriormente, tomando cierto folklore en la narrativa del escritor italiano Leonardo Sciascia, sobre serpientes, (siempre las serpientes) se abre el gran lugar a la materia sensible y en tanto tal, Silvia establece el marco desde donde va a trabajar con esta clase de monstruos, a los cuales “se les mira radicalmente cuando se está aburrido.” Estos monstruos, “Medusas contemporáneas, monstruos imagen, los terrores materialistas” desmantelarán a la Medusa en tanto mito a lo largo de su texto.

Una Medusa impresa

¿Por qué percibimos el horror en tanto imagen?

Es lo que me pregunto en el discurrir de las Medusas planteadas por Schwarzböck, una Medusa que existe sin origen. “No hay la Medusa primera”, dice la autora, ni la Medusa que se evoca; ¿es acaso la Medusa una estructura de lo humano? Un planteamiento “contrafreudiano”, me atrevo a decir, donde no hay el objeto primordial, que una vez retirado, constituye la falta.

A partir de esta Medusa, o en palabras de la autora, de la multiplicidad de Medusas —compuesta por trozos amorfos de terror ubicable en distintos soportes que se yuxtaponen—, articula una composición dentro de las representaciones del horror material donde la idea de ese horror no es suficiente ni remarcable. Como si en los existenciarios de las Medusas contemporáneas siempre quedara un resto que sigue movilizando aún más terror.

Las Medusas de Silvia no son subsidiarias de ninguna clase de catarsis ni compasión ante el dolor ajeno, cuestión que se preguntará más adelante en el libro en relación con Kracauer y el cine, por ejemplo. Estas Medusas, re aclaratorias del terror, y en cierto punto fragmentarias, tampoco son de ningún modo indivisibles. Cada porción tomada en las obras que componen su “Estética y terror” participa de las otras, en alguna medida, incluso en su cambio de naturaleza. Por eso “Las Medusas” es en sí mismo, un libro de lo múltiple, pues “no vienen de la idea sino de la confusión de la materia”; en esa confusión se sostiene este álbum que, en cada imagen, es contenido por miles de otras imágenes.

En esta línea expondrá en el primer capítulo “La industria de las Medusas” apoyada en 2666 de Bolaño, que “cada crimen es particular, no subsumible a un concepto, no universal, ni universalizable”. Distanciándose solo un poco de esta noción de multiplicidad, ocupa en este capítulo, los hechos en tanto la cercanía al exceso de la manufactura criminal. Un exceso, que tanto podría ubicarse previo al aburrimiento y salvarlo, o comenzar una genealogía a partir de dicha sobreabundancia.

Escribe Silvia: “La multiplicidad de los crímenes es también, en su lógica permisiva, la multiplicidad de los malditos. Malditos son todos los que habitan de un lado o de otro, sin necesidad de cruzarla, la Gran Frontera: gringos, sheriffs, policías, judiciales, jueces, legisladores, funcionarios, políticos, proxenetas, narcos.” Me pregunto entonces, de qué lado del horror quedan quienes tienen que indefectiblemente cruzar la frontera, o cuyas coordenadas subjetivas incorporan un constante cruzamiento de las constantes fronteras: las mujeres pobres, las criminalizadas, las víctimas de la Condesa Erzsébet Báthory de Ecsed y el Barón de Rais, los torturados y desaparecidos de las dictaduras latinoamericanas, o los prisioneros en cárceles administradas por norteamericanos para exhortar a sus adversarios en la fantasía de la guerra.

Pienso también en Gloria Anzaldúa: “Un territorio fronterizo es un lugar vago e indefinido creado por el residuo emocional de una linde contra natura. Está en estado constante de transición. Sus habitantes son los prohibidos y los baneados. Ahí viven los atravesados. los bizcos, los perversos, los queer, los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medio muertos; en resumen, quienes cruzan, quienes pasan por encima o atraviesan los confines de “lo normal”. (…)La ambivalencia y el malestar residen allí, y la muerte no es cosa extraña.”

Multiplicidad de la muerte, monstruo del capital quien somete a su ojo su presencia insondable; muerte como colonia del capitalismo, desgranada en cuerpos donde la pregunta ¿qué mata a las muertas? o, ¿a qué muertas ha matado el capital? no termina de emitirse.

La percepción singular de la muerte está ubicada en relación con el aburrimiento, en palabras de la autora. O, en esta lectura, una revisión del hastío, la abulia, el desgano, la apatía. Un deslizamiento perpetuo de aquello mediado por el afecto.

El lazo que se edifica en “Las Medusas” frente al aburrimiento como una redefinición del horror, adquiere la robustez de un contrasentido brutal. Una ceremonia ante el tedio de la imagen. Pues “la Medusa es lo que se mira, sin terror a ser petrificado, cuando se está aburrido”. Aburrimiento que se emparentará páginas más tarde, con la ataraxia. Solo se sale del aburrimiento vía el horror, nunca por medio de la admiración.

Tomando la historia de Ulises y Penélope, Silvia instala la visión de las máquinas solteras. El horror del celibato o el encuentro, también son considerados, dentro de esta colección de terrores, y comienza por ubicarlos en un primer momento, en 2666, de Roberto Bolaño. Tanto la soltería, por un lado, como la desenfrenada juntura de afectos, por otro, comportan suertes similares en lo que respecta a hacer aparecer el espanto. Una dualidad que no termina por hilar ninguna urdimbre. Se entra en la posibilidad de, por temor a un dejar atrás, caer en una simbiosis o reterritorialización. “Pero todo cambia: hay un lado célibe de la conciencia que se desdobla, hay una pareja del amor pasional que ya no tiene necesidad de conciencia ni de razón.” Escriben Deleuze y Guattari en Mil Mesetas. En la Santa Teresa de 2666 hay soltería llevada a cabo fielmente, por nadie. Solo máquinas de consumir mamá y papá, como dirán también los autores franceses para referirse a los sujetos neuróticos. Se conjugan cuestiones esquizoanalíticas sin nombrarlo así directamente; la autora, en alguna medida, está meditando sobre cierta cuestión familiar, sobre cierta arquitectura social, siempre con el ojo en la crítica, y la tinta en la retórica de alterar los signos de aquello que utilizamos como el más alto placer o el más alto horror. Y consigue que efectivamente, el poder quede sin velo.

“Todo crimen es político” enuncia, pues cada crimen que describe, cada terror expresado, dentro de las obras de las que se vale la autora, está anclada en “esa maldición llamada cultura” en sus palabras. Maldición que solo puede ser quebrada a través de la revuelta dentro y fuera de las instituciones. La cultura, patriarcal dicho de perogrullo, que, sin ningún énfasis panfletario, imprime iniciado el recorrido del texto:

“El sueño de Morini —está hablando de 2666— parece escrito por (o para) Helene Cixous: no solo la Medusa “es hermosa y ríe”, sino que los varones deberían convertirla, al saber que no está castrada, en el terror a la castración. Este terror, convertido en excitación con el espanto, en espanto del espanto, en espanto de sí mismo, en necesidad que el sexo femenino, para que sea irrepresentable, esté asociado a la muerte, es el terror que ha inhibido a las mujeres, en lugar de a los varones. Los varones, con este terror, se hicieron poderosos. Las mujeres, con el terror a este terror, se inhibieron de la cultura.”

Medusa, la monstrua-sinécdoque que, aun habiendo sido violada, hermosa, dar a luz a un monstruo y un caballo alado, se reduce a la naturaleza de una cabeza. Una cabeza se transforma en el horror que invita a ser mirado, en el terror que registra una cámara que, sin mirar, mira. “Toda imagen incorpora un modo de ver” dice John Berger. ¿Para ver o enseñar a ver? me pregunto, ¿qué pedagogía excluye al dolor? Se libidiniza el dolor, ¿para adquirir qué cosa?

La pornografía, Psicosis de Hitchcock, Juliette, del Marqués de Sade, que se masturba mirando la casa que incendia con una familia dentro, las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib y Guantánamo. Silvia desdibuja las posiciones de amo y esclavo, pues sí, porque la Medusa contemporánea, es múltiple. No solo hay inversión de los lugares de la pasividad (mirar y ser mirado) sino también, alteración de las polaridades del ojo, me atrevo a decir. Lo que nos permite efectuar la pregunta por el sentido de mirar el horror en imágenes. O cuál es el ojo posthumano, que puede abrirse ante tal terror. La polaridad sería entonces, en las Medusas, el trayecto entre el máximo placer, (el sexo) o el máximo dolor (la tortura). Y traigo una cita de Lacan, de Kant con Sade: “hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor, y sabemos que es sólo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada”

La ausencia del objeto da comienzo al terror. Y el nacimiento del terror, acompaña al nacimiento de la Estética. Pero “la idea de la crueldad que se hace el mundo del arte es demasiado simple”.

Medusa, nacida ella misma a partir de la envidia, de lo insoportable de ser visto, no obstante, es amuleto contra el mal, utilizada para que los enemigos la vean y huyan. En esta lógica, la Medusa planteada en el texto que nos convoca es también una Medusa- Estado, porque al igual que el mito, el Estado no puede mirar (a su pueblo), y es en esa imposibilidad en la que se sostiene su posición.

Schwarzböck —sobre todo a partir de la Juliette de Sade y la Sociedad de Amigos del Crimen— permite gestionar la problemática de la vida de derecha, frente al Estado. Una vida apolítica, sin revuelta, sin pasiones. La Medusa-Estado pareciera decir que no la miren, pero mírenla desde nosotros, desde nuestros escudos, desde nuestra defensa.

Las Medusas, es acaso un libro sobre el dolor, o sobre la crueldad y sus imágenes, o sobre la pregunta “¿hay hazaña alguna en asistir o detenerse ante el ejercicio de la crueldad?”

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